lunes, 14 de junio de 2021

Poema y cuento de Miguel Ángel Daza Cardona

“¡Ay! de nosotros aquí en este encierro, cuando el calor aumente y los sudores se mesclen con el hervor de la mierda, cuando el fermentado olor del mortecino enardezca la violencia en la danza de los tábanos, entonces veremos surgir una elaborada masa de gentes que creíamos amorfa, nacida en los márgenes de una geografía delimitada con firma y apellido. Ese día, el día que la miseria ascienda desnuda nos acordaremos de todos sus nombres; acaecerán todos los remordimientos por la tribulación de aquellos que según nuestro ingenuo liberalismo escogieron mendigar y morir.” A. contreras ¿Cómo desoldar a un hombre? ¿¡Abra rápido o es que saco la “taza” en arriendo!? Los gritos traían estas palabras que penetraba sobre los escasos dos metros del baño donde estaba encerrado don Rafael. Pequeño lugar dirían muchos, sin embargo era del tamaño necesario para asemejar al confesionario de una iglesia católica. Allí don Rafael se desahogaba ante sí mismo, pues no había juicio más certero que el propio. Quien más podía dar testimonio de sus enormes trastornos sino el. Tristemente el desenlace de esta confesión era el mismo que en las iglesias católicas, terminaba frustrado y sintiéndose más culpable. Hubiese resuelto sus problemas, sí, lo hubiese hecho; pero díganme ¿quién en quince minutos, tiempo en que lograba apropiarse del baño, hubiese hecho una epopeya? Piensen que era el único baño en un parqueadero de ciento cincuenta trabajadores, que en 8 horas laborales necesitaban dar libre expresión a sus intestinos por ello no gozaba del tiempo necesario, ni del oxígeno adecuado para hacerle frente a la voluptuosidad de sus propios temores y olores. Aun así conseguía algunos minutos en los que lograba enhebrar sutiles pensamientos propiciados en gran mayoría por su mirada. Aquellas cuencas maltratadas, de esclerótica ya no blanca sino rojiza, acribilladas por el constante fogonazo que derretía el metal de las varillas de soldadura y de paso iba diluyendo los globos oculares de don Rafael. Atraído por la accidentada y ruinosa silueta que le devolvía el espejo. Caía en picada sobre un abismo de nostalgia en los centímetros y pulgadas de aquel escarpado relieve que era su cuerpo. Al llegar a sus manos; a aquello que una vez fuesen sus manos, permanecía petrificado ante la deformidad de lo que veía: ese era el resultado de padecer veinte años de soldador. (No le agrego ningún otro adjetivo a soldador, pues quienes saben de aquel trabajo, entienden que es un suicido lento y sufrido). A la mano derecha le faltaban dos dedos, perdidos en la rebelión de un disco de corte, que negándose a ser una circunferencia atrapada en el centro de una pulidora decidió hacerse pedazos para conseguir su libertad y de paso le dio la libertad a un par de falanges (en contra de su voluntad); poseía más cayos que dedos, hace tiempo estos habían logrado suplantar a la piel lozana y vestían a esta mano con apariencia de muerte. A la mano izquierda le faltaba el dedo índice y la mitad del pulgar, estos los perdió en el confuso hecho de un martillazo dado sin querer. Imagino por un momento lo terrorífico que hubiera sido si le daban el martillazo queriendo ¡hasta el alma se la hubiesen desmembrado! ¡Ah! cuanto debía esforzarse para recordar tan siquiera que había cinco dedos en cada una de sus manos. Cuando comenzó veinte años atrás tenía la fuerza necesaria y la firmeza en ellas para sostener una cerveza aunque lo movieran; cosa importante en un contexto donde se saludaba con sus compañeros empujándose o dándose golpes mientras bebían, por recocha (?). Ahora era fácil que dejara caer la cerveza, el mas mínimo empujón causaría su fuga por entre los pocos dedos que le quedaban. El paliativo que se suponía lo salvaría de la angustia lo estaba condenando. De esta manera se obligó a convivir con los fantasmas de su cuerpo; a invocarlos en sus momentos de ebriedad y más tarde en aquel baño a exorcizarlos frente al espejo. ¿¡Pero qué, no sabe cómo frenar la cagada o lo trabo el olor!?; gritaron más duro mientras pateaban la puerta. No había más que hacer sus fragmentados recuerdos debían cesar, se acomodó su chaqueta de yin, sus guantes de carnaza y al ojear por última vez el espejo reconoció aquella silueta. ¡Soy un soldador! dijo mentalmente; ¡eso soy! Sin su overol le costaba reconocerse. Era ese traje sucio y harapiento el que le consagraba una identidad. Entonces sin su trabajo ¿era un hombre inútil? Se preguntaba. Esta vez golpearon más fuerte y un poco más desesperado, ¡apriete, bien duro pa’ que saque fuerza! Grito hacia la puerta don Rafael, seguido de esto se murmuro a sí mismo: ¡ya no más! ya es mucho de esta pendejada. Se chanto su cara de pocos amigos y mirándose por última vez en el espejo solo pudo reconocer a un soldador. Al salir del baño una multitud se abalanzo en fiera lucha por aquel pequeño lugar, don Rafael mirando de reojo la revuelta se preguntó, si ese cuarto de baldosa percudida que fungía como su confesionario ¿no lo sería también de sus compañeros? Ese día: lunes, 4 de marzo del 2019, a eso de las cuatro de la tarde; don Rafael moriría carbonizado por la explosión de un tanque de gasolina en cuyo interior él se encontraba soldando. Ojala que en aquel baño otros de sus compañeros decidan quedarse encerrados más de quince minutos, quizás con más tiempo logren descifrar lo que otros no han descifrado, pues, tal vez no sea solo el asombro, o solo la angustia las que nos hagan dar respuestas a grandes preguntas, quizás se algo mucho más interior, más profundo; un dialogo intestinal con la cagada que somos.

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