miércoles, 16 de junio de 2021

Crónica periodística de Miguel Ángel Daza Cardona

Crónica periodística El día después del paro “¡Volvieron mierda las calles estos hijueputas!” Me decía don Montero; un anciano de más o menos 65 años, según la cartografía que hice de su cara, la cual ostentaba una rara capacidad para ser despectiva con sus muecas. Desde hace años vivía en esta esquina del barrio Puente Grande, lugar donde el día de ayer 6 de mayo, sé vibró una fuerte batalla campal entre el ESMAD y un grupo de jóvenes manifestantes. El conflicto afecto tanto cuadras del barrio kassandra, como del barrio puente grande. La casa de don Montero, de escasos 150 metros (espacio mortal para un claustrofóbico, según algunos hacendados colombianos); fue una de las afectadas por la violencia de las acciones. -Cuénteme don Montero ¿A quién se refiere cuando dice hijueputas? pongámosle blanco a la putiada para que no se den confusiones. - Mire, yo me la paso aquí sentado cuidando hasta el último rincón de esta, la que considero mi esquina (en eso tenía la razón, su lote casi era la mitad de toda la cuadra), pero ayer no pude, porque pasaron un montón de ñeros gritando y tirando piedras. -¿Usted los vio tirándole piedra a su ventana o a su fachada? -¡Yo que me iba asomar! ¿¡para que me descalabraran con una roca?! Mire todo ese pedrerío al lado de mi casa, eso es prueba de ello. - Bueno, pero eso no significa que se las hallan tirado a usted o por lo menos no a propósito. -pues el hecho es que mírelas ahí, siguen ahí. Decía todo esto aún más aireado que antes, y acompañaba cada palabra con violentos ademanes de sus brazos, lo que avivaba el olor ha guardado de su traje de paño, y, permitía entrever el serio conflicto de colores en sus prendas que, no se dejarían convencer para combinar entre sí. La paciencia y la lentitud de caracol (lentitud de caracol refiriéndome al animal, no se vaya a malinterpretar con la lentitud e ineptitud del medio de comunicación), que asumí en esta entrevista, me revelaba una rabia incomprensible, en tan pocos minutos; si no fuera por el grosor de esos lentes acomodados en su cara, seguro me hubiera destajado esa punzante mirada llena de rabia (o el gamonal que llevaba dentro). Precisamente sus ojos me permitieron comprender algo de su malestar. Aquellos ojos debían taladrar todos los días esas cavernas de carne, propensas al derrumbe de su piel; en las que los años, los habían incrustado. Vivir para este hombre era un compendio de batallas pequeñas por conseguir lo más obvio: despertar, moverse, comer, ir al baño, etc. De esta manera entendí que, no era por los achaques de la vejez, sino todo apuntaba a un compulsivo deseo de ahorrar en todos los sentidos. Su ropa vieja pero, lustrosa, con perfumes de guardado; y sus constantes muecas ante el movimiento (cualquier movimiento), de la gente, revelaba algo de ello. Seguramente este señor se encerraba para ahorrarse momentos; para no gastar vida. No me atreví a preguntar la causa de este comportamiento, porque no creo que se atreviera a responder. ¡¿Cómo pedirle a este hombre que no juzgara con tanta crudeza el derroche de vigor de estos jóvenes?! Arriesgándome al desastre, le hice una última pregunta: -señor Montero, usted ¿cree que esta protesta; cosa rara en este lugar, no deja nada positivo para las personas del barrio? -¡Que positivo ni que nada! mire como me dejaron las calles manchadas; marcas de golpes en las paredes; vea ese tizne negro que dejo la quema de llantas y tras del hecho tiraron esos alambres ¿qué bien puede traer toda esa ruina? ¿Dígame? ¡Ah! No sé cómo logro responder a esto, pues, en su cuello se notaba la asfixiante tensión ocasionada por la pregunta, pero bien que le pudo más el deseo de responder y renegar del paro. Yo Estaba decidido a terminar la entrevista, no encontraba más respuestas que la misma en diferentes tonalidades; cuando de repente, surgió de entre el poste de la esquina atrás de nosotros, del lado del semáforo en dirección a Mosquera; un hombre; ello me alcanzo a asustar un poco, y él lo noto también. Vestía de manera humilde, casi rozando la pobreza, yo pienso que tenía 50 años pero, parecía de 49. Este se acercó hacia nosotros a paso lento; no con el afanado paso lento de un hombre con dos piernas, sino con el obligado paso lento de un hombre con una pierna y dos muletas. - Perdone si lo asuste, señor; tantos años llevo trabajando como calibrador en este lugar que, parece que yo fuera una elongación del pavimento, algunos hasta me verán como un poste que se mueve mucho ¡qué sé yo! He escuchado lo que ha dicho el señor Montero y creo saber cuál es el motivo de su disgusto. - ¡Ah, sí! Cuénteme más ¿señor? -Paisa, dígame Paisa. -Bueno, señor don Paisa, ¿me decía? -Póngame pues cuida’o. Lo que hicieron los pelaos de por aquí y los chatarreros del porvenir fue arrancar piedras de las ruinas que habían dejado los señores del IDU, en su joda por ampliar la calle 13; para enfrentarse a los del ESMAD, después muchos de esos chinos aprovechando el revuelo, siguieron rompiendo los muros de esas casas derrumbadas a medias para llevarse las varillas de las planchas y de las bases. Fue la navidad de estos recicladores, y del dueño de la chatarrería, por supuesto. Y aquí entre nos, cuentan las malas lenguas (que suelen ser Las buenas) que los “tombos” fueron a pedir su parte a los dueños de las chatarrerías. El señor se debe de estar quejando porque en su esquina, (que antes no lo era, pero tuvo ayuda del IDU para deshacerse de las casas que le competían por el título de esquinera), los vándalos del IDU (pues, son vándalos los que dañan la infraestructura y atentan contra las casas de la gente ¿no?) dejaron bien limpios los lotes alrededor de su pequeño hogar, recogieron las piedras y colocaron cerca para que no les hicieran competencia en la expropiación de casas, en solo medio día hicieron esto. Y los otros “vándalos”, los pelaos le hicieron estragos, rompieron, buscaron, sacaron en tres días y no recogieron la basura, ni limpiaron los trozos de piedra de la calle, de sus calles. ¡Ahí está el problema! ¡Barrer! ¡Hay que barrer! unos tiene la maquinaria para barrer y borrar las huellas del desastre en poco tiempo (como si nada hubiera pasado), y los otros no tienen ni la maquinaria, ni la mano de obra para repartir el tiempo en destruir y cubrir el rastro. El desorden es lo que afecta al señor Montero y a muchos otros de por acá, el desorden desvaloriza la esquina, las esquinas. No había terminado de hablar el Paisa y ya don montero había puesto rumbo a su casa, a reparar el desgaste que había tenido en el día. Agradecí al Paisa por su análisis y este se perdió de nuevo en la rutina de estas calles. Pensando en las últimas palabras de este hombre, me baje del andén para quedarme en medio de la carretera; quería ser parte de ese desorden, y como el peor de los tiranos (para los grandes propietarios), desvalorizar por un momento aquellos humildes y pequeños predios de 150 metros.

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